viernes, 16 de septiembre de 2011

Algunos testimonios de la Madre Teresa de Calcuta

En cierta ocasión, una mujer me habló de una familia hindú con ocho hijos que no habían comido en varios días. Reuní inmediatamente todo el arroz que pude y lo llevé a la casa. Aquellos niños estaban al borde de la muerte por inacción y me recibieron con voces de alegría. Su madre cogió el arroz, hizo dos mitades, repartió una a sus hijos y luego se marchó con la otra. Cuando volvió, le pregunté: “¿Dónde has estado”. Y ella respondió: “Hay una familia musulmana en la puerta de al lado, tienen también ocho hijos y tampoco han comido en varios días, como nosotros”.

Quisiera contar la historia de una joven que no ganaba mucho dinero, pero deseaba ayudar al prójimo sinceramente. Durante un año no llevó ni compró maquillaje alguno y guardó el dinero que habría gastado en comésticos y ropa. Al cabo de un año, me mandó el dinero ahorrado.

 

Existe una pobreza espiritual en los países ricos, e incluso pobreza material, aunque sea menos visible. En todos ellos hay una muchedumbre de personas que sufren soledad, desamor, enfermedades físicas y morales, que constituyen una pobreza mayor que la material y más difícil de solucionar. Si alguien necesita un pedazo de pan, basta ofrecérselo para saciarlo; si necesita descanso, basta una cama. Pero ante un ser humano abandonado, despreciado, no basta la ayuda material, se necesita una ayuda afectiva y espiritual que es mucho más difícil.

Daré un ejemplo de lo que es el hambre. Un niño recibió un trozo de pan de una Hermana. Llevaba bastante tiempo sin comer. Observé que comía el pan migaja a migaja. Le dije: “Sé que tienes hambre. ¿Por qué no comes el pan?” El pequeño me contestó: “Quiero que dure más”. Tenía miedo de que, terminado el pan, volviese a sentir hambre de nuevo. Por eso lo estaba comiendo migaja a migaja.

Una tarde salimos para recoger a cuatro personas que estaban en la calle. Una de ellas se hallaba en muy malas condiciones. Dije a las Hermanas: “Vosotras, atender a las otras tres, mientras yo me ocupo de la que parece que está en peor estado”. Le di a aquella persona todo el amor que podía. La puse en una cama, y en su rostro se dibujó una hermosa sonrisa. Me tomó de la mano y me dijo una sola palabra: “Gracias”. Y a los pocos segundos expiró. Yo no podría haberle ayudado sin haber hecho antes un examen de conciencia ante él. Me pregunté a mí misma: “¿Qué habría dicho si hubiera estado en su lugar?” Y mi respuesta fue muy simple: había querido que alguien reparara en mi persona. Habría dicho: “Tengo hambre, estoy agonizando, tengo frío, estoy sufriendo”. O algo por el estilo. Pero ella me dio mucho más: me dio su amor agradecido y expiró con una sonrisa en los labios.

Hubo también un señor al que recogimos de las alcantarillas, medio comido por los gusanos. Después de haberlo llevado a casa, dijo: “He vivido como un animal en la calle, pero voy a morir como un ángel, amado y atendido”. Tras haberle quitado todos los gusanos de su cuerpo, dijo con una gran sonrisa: “Hermana, me estoy yendo a la casa de Dios”, y entregó su alma. Nos maravilló ver la grandeza de ese hombre que podía hablar sin culpar a nadie, sin sentirse un objeto. Como un ángel. Ésta es la grandeza de las personas que son espiritualmente ricas, pero materialmente pobres.

FUENTE:
 http://anecdotasycatequesis.wordpress.com/2010/09/05/madre-de-los-mas-pobres-beata-teresa-de-calcuta-2/